
Con la excusa de su utilización como medicina de consolación y mitigadora de sufrimiento en enfermedades crónicas y hoy por hoy irrecuperables, se pretende hacer creer de la inocuidad y aparentes bondades de los derivados del cannabis en su uso recreativo.
Esto equivale a justificar el consumo de alcohol como bebida por sus características organolépticas: gusto o sabor, olor; y por sus propiedades como psicotropo depresor desinhibidor, argumentando que es un muy buen desinfectante.
Nadie va a culpabilizar o demonizar a aquella persona enferma que busca alivio fumando un “peta”; se entiende que quien sufre una espasticidad muscular dolorosa, naúseas incoercibles en el tratamiento quimioterápico busque consuelo y ayuda para paliar estos terribles síntomas.
Pero es importante decir que existen medicamentos que cumplen estos cometidos, aunque insisto que no por ello no se puedan dar derivados cannábicos como alternativa terapéutica, si fallan los medicamentos.
Las consecuencias de su uso habitual, diario, en adolescentes y jóvenes y no tan jóvenes, sin problemas aparentes de salud, que la utilizan para “colocarse” contribuyen precisamente a su rechazo y pretendida normalización en su consumo.
Esto es lo que hace que su comercialización y distribución esté restringida. Es una droga psicotrópica que en determinadas personas y circunstancias personales, puede ser muy dañina para el correcto funcionamiento cerebral.
Alteraciones en la memoria, trastornos cognitivos, dificultades en el aprendizaje, dificultad en la coordinación y atención en la conducción o manejo de maquinaria, riesgo de sufrir una psicosis tóxica, desencadenar una afección psicótica, trastornos afectivos de tipo depresivo, cuadros de ansiedad, ideación paranoide…Son aspectos y complicaciones frecuentes, que justifican su control social.
Estamos regulando el consumo de alcohol y de tabaco, tenemos normativas y control de prescripción sobre los analgésicos y psicofármacos en un contexto médico; sería absurdo permitir el consumo indiscriminado de cannabinoides para luego arrepentirnos de sus consecuencias socio-sanitarias y tener que legislar de nuevo a la inversa.
LA LIBERTAD PERSONAL TERMINA DONDE EMPIEZA LA DE LOS DEMAS