
En estos días no dejo de oir y escuchar el clamor a nuestras conciencias, de las víctimas inocentes; personificados en niños, que se ha llevado las garras de la muerte.
Y se los ha llevado de forma dramática, en tributo de sangre, con muerte inesperada, inopinada; precisamente para ser un aldabonazo a nuestra consciencia y conciencia y obligarnos a pensar, y en forma de opinión generalizada, hacer una reflexión común, sobre qué, cómo, para qué: somos, estamos y vivimos…. y el sentido de nuestro estilo de vida….
La forma en que ha aparecido la muerte, ha sido agazapada, al acecho y detrás de quién da y cuida la vida, para demostrarnos toda su crueldad e indicarnos que está omnipresente y a la espera.
Me estoy refiriendo a las muertes del bebé Rayan y del niño vasco, “olvidado” en el coche de su madre.
Dos muertes de sin razón y locura que nacen de LA GARRA opresora del ESTRES, que atenaza la mente, rompe el adecuado y correcto pensamiento y lleva al DESCONTROL y la SINRAZON, a tomar decisiones equivocadas y actos fallidos y vacios, que aprovecha la Parca para cortar hilos y segar vidas.
Han sido dos muertes desde la prisa, la soledad; desde la opresión en el pecho, cuando aprieta el éstres, antesala de la ansiedad, la angustia, el pánico y que simula lo que puede ser la cara de la muerte.
Crisis de angustia, ataques de pánico, son frecuentísimos en nuestra sociedad, remedan ataques cardíacos y obligan a sus protagonistas a plantearse cambios vitales. El estrés, ese mecanismo patológico y enfermizo de estar hiperalertas, lleva a paralizar el correcto discurrir de nuestro pensamiento, emociones y toma adecuada de decisiones.
Estos trastornos hacen que se tomen cantidades ingentes de ansiolíticos, hipnóticos, antidepresivos e incluso antipsicóticos, para hacer llevadero el peso de la forma de vida, que nos hemos dado.
Fiel reflejo de este no saber vivir, es comprobar en estos hechos, como el dar y cuidar la vida de lo que más queremos, como son nuestros hijos; resulta un fracaso, con el resultado dramático y cruel de la muerte involuntaria de dos niños inocentes y la muerte condenada a ser vivida cada día de dos también víctimas: enfermera y madre respectivamente.
La prisa de nuestra sociedad por “vivir”, no se sabe muy bien de qué manera; huera de valores éticos y morales; centrada en el consumismo y las apariencias, magnificada por el tener y poseer, llevan a una competitividad tal; que terriblemente debemos pagar regularmente tributos y sacrificios de sangre, no al igual que las religiones pasadas, que éstas sí eran conscientes del por qué y para qué lo hacían; si no que son sacrificios anónimos que a modo de hitos y mojones en el camino, nos recuerdan que somos mortales y nuestra vida tiene un final, aunque no sepamos su fin.
DESCONOCEMOS LA FINALIDAD DE LA VIDA, PERO SABEMOS QUE TIENE FIN
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